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Full text of "Meinvielle. Hacia La Cristiandad"

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O 3 R A S DEL AUTOR: 


Concepción católica de la Política, 1932 (agotada). 

Concepción católica de la Economía, 19'ib. 

El Jacio, í. 936 (2*. edición, 5 c \ millar). 

Entre la Iglesia v el Reich, 1937. 

Los tres pueblos bíblicos, 193”. 

Qué saldrá de la España que sangra, 1937. 

Un juicio católico sobre los problemas nuevos de la 
política, 1937. 

En preparación: 

2*. edición (corregida y aumentada) de: 

Concepción católica de la Política. 



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JULIO M E I N V I E L L E 


HACIA 


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CRISTIANDAD 


Apuntes para una filosofía ¿e la historia 


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BUENOS AIRES 


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£$ propiedad. Queda hecho ti átpós*iiú cut marca la ley. i 

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CON LAS LICENCIAS NECESARIAS 

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Porque su poder es un poder 
eterno, y su reino de genera- 
ción en generación. Y todos 
los moradores de la tierra de- 
lante de Él son reputados como 
nada: porque hace según su 
voluntad así en las virtudes del 
cielo como en los moradores de 
la tierra: y no hay quien resis- 
ta a su mano, y le diga; ¿Por 
qué lo has hechor (Daniel IV, 
31 y sig.). 


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HACIA LA CRISTIANDAD 


El criterio para formular un determinado 
juicio sobre un movimiento, debe fundarse 
en el fin bacía el cual se orienta. Todo movi- 
miento no es puro resultado de fuerzas que 
obran ciegamente sino de la atracción que 
determinados fines, vivientes en alguna in- • 
teligencia, ejercen sobre los móviles. El 
mundo vive en perpetuo movimiento por- 
que son infinitos ios móviles que en él se 
agitan; pero no es de imaginar que el 'mun- 
do se mueva al azar, sin principio ni fin, 
entregado al puro choque de las fuerzas en 
juego. 

Una ley preside la actividad de todas las 
fuerzas que operan en el mundo y fue 
enunciada por un enviado de Dios con tres 
luminosas ráfagas de su inspirada palabra: 


9 


Dios escribe en ella este nombre augusto, 
que es sobre iodo nombre : para que al nom- 
bre de Jesús se doble t oda rodilla de los ¿que 
están en los cielos, en la tierra, y en los in- 
fiernos. (San Pablo, a los filipenses II, 9 Y 
sigi). 

La historia en ronces ha de ser cristiana 
porque ha de proclamar a Jesucristo, Rey 
de las naciones. 

Cuando se considera el desarrollo de los 
hechos humanos, la desviación v rebeldías 

j f' 

de ios pueblos de los caminos divinos, se 
siente uno inclinado a creer que son los 
hombres quienes, burlando los soberanos de- 
signios de Dios, tejen a su antojo la trama 
de la historia. • 

Pero esta creencia se funda en una mira- 
da fragmentaria, superficial y despropor- 
cionada de la realidad histórica. Es como 
quien mirase por el reverso un maravilloso 
gobelino. 

No hay duda que- sí Dios escribe el nom- 
bre de Cristo sobre los infinitos aconteci- 
mientos humanos, este nombre lo leeremos 
Cuando a Él le plazca convocarnos para su 
lectura. Será esto en el juicio -solemne de 
los pueblos cuando venga el Hijo .del Hom- 
bre en la Majestad de. las nubes. Y esa lee- 






tura ha de ser plena y definitiva para cada 
pueblo y para cada hombre. 

- Pero mientras tanto, aunque no podamos 
lograr una lectura tan perfecta, no se si- 
gue que cada cual esté facultado para no 
leer nada o leer lo que le venga en ganas. 
Una filosofía de la historia es necesaria al 
hombre y ésta no puede dejar de ser cris- 
tiana. Por limitado que sea nuestro conocí- i 
miento de la trayectoria de los aconteci- 
mientos históricos, (limitación que se deja 
sentir en mayor o menor grado en todos ios 
conocimientos humanos) no- puede éste 
. desenvolverse sino teniendo en cuenta la 
' comunicación de los designios divinos for- 
mulados por Dios al hombre y de los cuales 
es depositaría la Santa Iglesia. — 

Esta palabra de Dios se contiene en los 
libros canónicos del Antiguo y Nuevo Tes- 
, tamento y en la tradición oral; tanto la 
tradición escrita como la oral está confia- 
da al Magisterio de la Iglesia, cuya boca 
infalible es el Romano Pontífice. 

Una filosofía de la historia si quiere ser 
verdadera no debe contradecir la más mí- 
nima verdad de este Sagrado Depósito y el 
filósofo prudente no dejará desperdiciar la 
luz que esta divina verdad arroja sobre el 

13 


lí-rsrí» tUtjmrx ;i-»ta T T r V iwv j»> ar 



su cristo y a Dios como se hizo en la Revo- 
lución francesa, ella permanecía en píe. 

Desde entonces hasta ahora, la Cristiandad 
ha desaparecido. Queda, sí, la Iglesia con su 
poderosa organización externa dilatada por 
todo el orbe y con su poderosísimo dina- 
mismo interno que quiere incendiar el mun- 
do en la caridad de Dios. 

¿Logrará la Iglesia vencer las ingentes 
resistencias que en el corazón de los pue- 
blos se oponen a su acción? . ¿Logrará con- 
vertir al mundo en Cristiandad? He aquí 
el problema planteado. 

Y quisiera que su solución saliera de la 
consideración atenta del momento que es- 
tamos viviendo. Porque "el preciso momen- 
to” que vivimos, por fugaz que pueda apa- 
recer, de tal modo está cargado de una 
fuerza impresa en el pasado que actúa so- 
bre los individuos y grupos sociales presen- 
tes, condicionando sus posibilidades, que 
también condicionan el futuro, que, si en 
parte es obra nuestra, en parre aún mayor 
es dado por un complejo de circunstancias, 
todas ellas dirigidas por la mano de Aquél 
que dirige las naciones sobre la tierra . (Sal- 
mo LXVI, j) . 



. Creemos en la <f lógica” de la historia; 'no 
una lógica por cierto descarnada, sino com- 
plejísima como la de todo ser vivo, actuada 
por infinitos determinantes, pero lógica al 
fin. porque nada acaece sin estar sabiamen- 
te preparado de antemano. 

Sin duda que la inteligencia que lee en 
los hechos históricos, buscando de desentra- 
ñar su sentido, debe atender, si no quiere 
equivocarse, a estos infinitos determinantes, 
y ello no es posible en forma adecuada sino 
tan sólo a la Inteligencia, capaz de pesarlos 
todos en su justo valor y medida; pero, en 
un sector limitado, puede la inteligencia 
humana, rectamente aplicada, de tal suerte 
adentrar y profundizar que alcance a vis- 
lumbrar las líneas esenciales de un futuro 
no muy remoto. 

El momento actual 

La tarea presente consiste en ubicar el 
momento actual para captar todo su con- 
tenido histórico, lo cual no es posible sino 
comparándole con los momentos preceden- 
tes. 

17 





• Estas diversas . concepciones de la vida 
que logran adeptos indistintamente en un 
mismo pueblo y aun en un mismo grupo 
social y hasra en una misma f amiba, se con- 
cretan particularmente en determinados 
países que vienen a. constituirse como pun- 
tos de propulsión del movimiento en todo 
el mundo. Y así tenemos a Inglaterra como 
campeón del burguesismo, a. Rusia como 
foco del comunismo y a Alemania como a 
heraldo del nacionalismo. 

Entre tanto, el mundo eslavo se despierta 
bajo la égida de Rusia; el mundo germano 
se siente predestinado a dominar la tierra; 
Inglaterra y su satélite Francia, baluartes del 
liberalismo, se derrumban; el Japón enca- 
beza la marcha de los pueblos asiáticos; 
Estados Unidos, con sus arcas repletas del 
oro de la tierra, se apresta a defender su 
vacilante existencia; los judíos que estaban 
dando término a su tarea secular de con- 
quistar el orbe, son desalojados drástica- 
mente de todas sus posiciones; y así mien- 
tras en el orden internacional todo entra 
en ebullición, en el orden interno de los 

Concepción católico de ¡a Economía, Un juicio cetóíico 
sobre los problemas nuevos de le Poli tica y Loe tres pee - 
bles bíblicos. 


20 



pueblos’ y de los grupos sociales, en la po- 
lítica, en la economía, en las costumbres, 
en las artes y en las ciencias, todo también 
se agita y convulsiona. 


Caracteres del momento actual 


Para apreciar en su amplitud el alcance 
histórico de los fenómenos denunciados ob- 
servemos en primer lugar su carácter de 
universalidad , es decir, que asi como el teo- 
centrismo, o el naturalismo o el burguesis- 
mo son fenómenos relativamente universa- 
les, o sea que, en su momento, afectaban 
por igual a todos los pueblos de ía tierra,, 
así también este estado de convulsión afecta 
por igual a todos los pueblos y a todas las 
actividades de cada pueblo. 

Observemos en segundo lugar cómo en 
un área histórica relativamente reducida 
que apenas comprende veinticinco años, 
tienen lugar acontecimientos tales que cada 
uno de ellos sería suficiente, en otra ¿poca, 
para llenar un siglo. Guerra europea, revo- 
lución comunista de 1917, advenimiento 
del fascismo, revolución nacional-socialista, 
revolución española, guerra de los estados; 


21 


burguesa o en, la barbarie comunista, se 
efectuaría esto tan ‘'contra corriente" que 
no podría durar mucho tiempo. Porque es 
evidente que ese estado si llegara a introdu- 
cirse por la fuerza como pretenden entro- 
nizarle los regímenes políticos, ni sería su- 
perior, ya que nos privaría del bien humano 
de la libertad, ni sería durable porque sólo 
lo connatural puede serlo. 

C Pero si se quiere introducir un estado 
superior, que remonte la fuerza de decai- 
miento que arrastra a la humanidad y que 
este estado sea connatural a los pueblos, es 
necesario entonces someter a éstos a una 
severísima prueba de purificación que des- 
truya toda esa espesa costra de perversión, 
y rebeldía acumulada en cuatro siglos de 
historia y dejarles en conformidad con este 
I estado nuevo superior. Pero ese proceso de 
’ purificación que, como veremos más ade- 
lante es imprescindible, si ha de revivir la 
Cristiandad, como esperamos, no puede ve-, 
rificarse sino a costa de terribles tribula- 
ciones, proporcionadas a la carga maléfica 
de desviaciones que pesan sobre el hombre, 
y estas obran no física sino psíquicamente , 
es decir, por los sentidos y las facultades 
psíquicas. De donde deducimos que este 

24 





estado no podría prolongarse más allá de 
veinticinco años, o sea el tiempo que actúa 
en la vida una generación, porque los hom- 
bres vivirían de buen grado en el orden, 
mientras anduvieran bajo la obsesión de las 
tribulaciones pasadas; pero tan pronto este 
recuerdo activo y vivo se perdiera, la vida 
de licencia y rebeliones retornaría, reagra- 
vada con el empuje de aquellos años de con- 
tención. 

Es decir, que si se produce una interrup- 
ción en el proceso descendente de la his- 
toria, durante la cual tiene lugar un perío- 
do de paz y de tranquilidad, (una Cristian- 
dad, por ejemplo, como un- monte sobre ese 
extendido y dilatado plano descendente), no 
hay que imaginar que toda la fuerza que la 
humanidad traía, buena O mala, se pierda; 
podrá apenas interrumpirse y esta interrup- 
ción durará tan sólo mientras exista I2 causa 
que la produce y en este caso, mientras sub- 
sista la imagen viva de ios castigos sufridos. 

No hay duda que la Causa. Primera que 
ha hecho al hombre podría, si quisiera, mu- 
darle totalmente en el momento que le plaz- 
ca e iniciar un nuevo y largo período de I3 
historia humana. Pero como Dios obra con 
sabiduría no interviene sino proporcional- > 



25 


tecido en los cuatro siglos anteriores. Por- 
que entonces ha habido, es cierto, el choque 
de tuerzas, oue es inevitable en todo con- 
junto de seres vivos y que es lo vulgar- 
mente denominado lucha por la vida; pero 
esta lucha, o bien se hacia por motivos lo- 
cales o circunstanciales -'"dentro de la ho- 
mogeneidad de tendencia que caracterizaba 
la vida o el siglo- — o era la lucha inevitable 
de las fuerzas de un mismo plano descen- 
dente como aconteció en la Reforma o en la 
Revolución francesa. Pero ahora, la lucha se 
entabla universa Im ente, y universalmente 
en cada punto del globo y no entre dos 
fuerzas de un mismo plano descendente que 
en este caso serían el burguesismo y el co- 
munismo, sino entre tres y aún cuatro 
fuerzas universales antagónicas. El momen- 
to actual es entonces, por lo que tiene de 
mayor interés para nuestro estudio, univer- 
satinen te co n vuhivo . 


La Iglesia y su dinamismo de 

DOMES: ACIÓKT UNIVERSAL 

Pero alguno preguntará, ¿qué alcance 
puede tener eí hecho de la convulsividad 


del momento actual? ¿Puede revelarnos al- 
go la ruptura, acaecida en 1914 , del proceso 
de homogeneidad que desde hacía cuatro 
siglos caracterizada al mundo? 

No podemos dar a esto una respuesta 
suficiente si no reflexionamos antes en la 
transcendencia histórica de una verdad .in- 
eludible. Hela 2 quí : existe en la tierra una 
institución universal, fundada por Dios, 
llamada Iglesia Católica, Apostólica, Roma- 
na que tiene como destino la dominación 
espiritual de todos los pueblos. 

No es menester traer aquí los fundamen- 
tos teológicos de esta verdad, tan admira- 
blemente expuestos por S. S. Pío XI en su 
encíclica sobre la Realeza, de Cristo y mu- 
cho menos aducir los fundamentos apolo- 
géticos. 

Pero es menester, para católicos y no ca- 
tólicos, poner de relieve la fuerza histórica 
viva de esta verdad. Porque si. Jesucristo es 
Dios y Cristo ha fundado la Santa Iglesia 
con este destino que debe realizarse en el 
tiempo, es evidente que la Santa Iglesia de- 
be ser considerada por el historiador que 
no quiera equivocarse, con esta fuerza ope- 
rativa gigantesca que logrará su objetivo, 
a pesar de todos los pesares y contra la mis 





fueron criadas todas las cosas , que hay en 
los cielos, y en la tierra., las visibles, y las 
invisibles , ahora sean tronos , o dominacio- 
nes, o principados , o potestades: todas fue- 
ron criadas por Él mismo, y mi Él mismo: 
Y Él es ante todas las. cosas , y i odas subsis- 
ten por Él (Col I. 15 y sigs.) * A/ cual 
constituyó (Tbios') heredero de todo (Hebr. 
í, 2) . En los días de Él nacerá justicia, y 
abundancia de paz : hasta que sea quitada 
la luna. Y dominará de mar a mar : y desde 
el río hasta los términos de la redondez de 
la tierra (Salmo LXXI, / y sig. ) . 

No puede, pues, sorprendernos que aquel 
que es llamado por san Juan, rt Príncipe de 
los Reyes de la tierra 7 ' lleve, como apareció 
al apóstol en la visión apocalíptica "en su 
vestido y en su muslo escrito: Rey de reyes 
y Señor de los señores 77 . Puesto que el Padre 
Eterno constituyó a Cristo heredero univer- 
sal, es preciso que Él reine hasta que lleve, al 
fin de los siglos, ci los ptes del Trono de Tbios 
a todos sus enemigos (Pío XI en Quas 
Primas) . 

De los textos creemos que no sólo se de- 
duce el derecho de Jesucristo a reinar espi- 
ritualmente sobre todas las naciones sino el 
ejercicio de este derecho. Debe llegar un 


momento en que todos los pueblos de la fie- 
rra reconozcan de grado la .suprema Realeza 
de Jesucristo y se comporten como naciones 
cristianas. Suponer orra cosa seria imaginar 
que esa voluntad de Oíos con respecto ai 
reinado de Cristo sobre los pueblos se ba 
frustrado. 

f-2 Cristiandad entonces debe realizarse 
como un hecbo universal, Uo se diga que 
este remado. de Jesucristo no ba de cumplir- 
se en el plazo histórico nuestro sino fuera de 
la Iglesia y de la historia. Porque aun cuan- 
do pudiera ser cierta la tesis imlcnarísta que 
sostiene que entre la historia y el juicio uni- 
versal habrá un reinado de. Jesucristo de 
mil años, en el que se cumplirán literal- 
mente los testos mesíánicos de la Realeza 
universal del Redentor \ no impide ello la 
tesis nuestra, que es asertiva y no exclusiva, 
nel remado espiritual dentro de la historia, 
por el triunfo de la Santa Iglesia. 

Creemos que Jesucristo debe reinar sobre 
las naciones por el reconocimiento de la so- 
beranía de la Iglesia y puede también, una 


1- Sobre es ce tema 
Liaemiis. por cí Pbrc 
la uncitn de! Reino de 
Oí me do, Buceos Aires. 


véase : Apocchpseos Inierpet'crio 
Rafael tyzaguirre. 1911. y Res- 
Is'Oel. por ei Dr. Je sé Ignacio 
19 3 / . 


33 


ibv>Tri;-’ T 



expresado constantemente de mil diversas, 
maneras, que agita con fuerza la acción de 
los últimos pontífices, dando admirable uni- 
dad a una actividad múltiple y fecunda. 
Porque desde Pío IX basta Pío XII, vemos 
a los pontífices romanos proponerse cons- 
tantemente un único y supremo objetivo: 
la restauración de todas las cosas en Cristo, 
como decía Pío X, o la Faz de Cristo en el 
reino de Cristo > según, la expresión de Pío XI, 
o la paz (esto es la Cristiandad) obra de la 
justicia y de la caridad , en frase de Pió XII b. 

Las palabras con. que Pío XI comienza su. 
encíclica sobre la Realeza de Jesucristo, 
constituyen el lenguaje ordinario de rodos los 
últimos pontífices. 

En la primera encíclica que dirigimos — 
dice — - una vez ascendidos al Pontificado, a 
todos los obispos del orbe católico , mientras 
indagábamos las causas principales de las 
calamidades que oprimían y angustiaban al 
género humano , recordamos haber dicho 
claramente que tan grande inundación de 
males se extendía por el mundo, porque la 
mayor parte de los hombres se habían aleja- 
do de Jesucristo y de su santa luz en la prac- 

I. Ver nuestro írtícule Pcstor Ar.gtUcai en ei n 9 2 
de la revista Se! y Lu.tC- 

36 






úca de su vida , en la familia y en las cosas 
públicas; y que no podía haber esperanza 
cierta de paz duradera entre los pueblos } 
mientras los individuos y las naciones nega- 
sen y renegasen el imperio de Cristo Salva- 
dor. Por lo tanto , como advertimos entonces 
que era necesario buscar la paz de Cristo en 
si reino de Cristo, así anunciábamos tam- 
bién que habíamos de hacer para este fin 
cuanto nos fuere posible; *' en el reino de 
Cristo ”, decíamos , porque nos parecía que 
no se puede tender más eficazmente a la re- 
novación y afianzamiento de la paz, sino 
mediante la restauración del reino de nues- 
tro Señor (Pío XI. Qua.s Primas) - 

Además, las maravillosas encíclicas de los 
últimos pontífices, coronadas por la insti- 
tución de la fiesta de Cristo Rey, parecen 
expresar el hondo presentimiento que anima 
a la Iglesia de que no está lejano el día en 
que el mundo pueda ordenarse otra vez 
bajo el imperio de Cristo Rey. 

De aquí que la doctrina y la acción de la 
Iglesia nos dé derecho a afirmar que la con- 
formación de las naciones bajo el cetro de 
la realeza de Jesucristo puede ser una pronta 
realidad. 


37 




Y ¿qué otro designio podrá ser éste sino 
la dominación universal, de la Sania Iglesia 
que en veinte siglos no ha podido cumplirse 
aún? 

Luego podemos afirmar que si se produce 
un quebrantamiento del proceso histórico 
regular no es sino para que se cumpla el des- 
tino que le cabe a la Santa Iglesia de Jesu- 
cristo de extender su soberanía espiritual de 
un extremo al otro del orbe. 

Y relacionando esto con otras enseñanzas 
sagradas, podemos afirmar que esta inte- 
rrupción se efectuaría para que se cumpla 
aquella palabra de Jesucristo: 

Y será predicado ate Evangelio del reino 
por todo el mundo, en testimonio a todas las 
gentes: y entonces vendrá d fin (Mateo 
XXIV, 14). 

, Es decir que la Cristiandad de que habla- 
mos, o sea el reino de Cristo en la historia, 
coincidiría con esta universal predicación 
del sanco Evangelio. 

También, podemos ver expresada esta in- 
terrupción de la historia para sublunar la 
Cristiandad en. la palabra "nondum statim” 
del Evangelio de san Lucas, cap. XXI, ver- 
sículo 9. Dice así: 

¿0 



mmm 




Y cuando oyéreis guerras y sediciones , no ' 
os espantéis: porque es necesario , que esto 
acontezca primero, mas no será inmedia- \ 
T AMENTE d fin (sed nondum siatim finís). í 
Creemos que esta palabra nondum siatim 
"no será Inmediatamente” significa no un 
mero plazo de tiempo, sino la intercalación ! 
de un tiempo cíe otra especie y calidad; co- ; 
mo si entre el estado de guerra y revolucio- 
nes, que vendría a coincidir con lo que aquí 
comprendemos por momento actual y que 
también puede llamarse "tiempo de la pu- 
rificación de las naciones” (que abarca pro- 
bablemente 3 5 años — 1914-1949— , si he- 
mos de creer a la Aparición de la Saleta) y 
los otros hechos que Jesucristo entra a refe- 
rir como precursores inmediatos del fin del 
mundo, tuviera lugar una verdadera inte- 
rrupción del curso regular de la historia por 
una intervención especial de la Causa Pri- 
mera, un repliegue hacia arriba en la línea 
descendente de la humanidad, la aparición 
de un hecho de calidad superior. En otras 
palabras, un monte interrumpiendo ese pla- 
no descendente: la Cristiandad, o sea Cristo 
adorado y servido públicamente por todas ; 
las naciones del orbe. 

4! 





rra, irá evolucionando hacia el paneslavismo 
de Pedro el grande. 

A alguien podrá extrañarle que a pesar 
de esto, hablemos aquí de Rusia como foco 
del comunismo. Pero la razón es clara: si 
bien el comunismo propiamente dicho, ju- 
daico y satánico, ha sido derrotado en el 
suelo español, mientras Rusia mantenga su 
configuración comunista y su imperialismo, 
hay que temería como foco del comunismo, 
porque en un juego de fuerzas, quedando 
dueña de la situación, puede sembrar un 
caos general, donde el verdadero comunismo 
prenda. 

Porque no hay que olvidar que el comu- 
nismo ha podido ser derrotado como orga- 
nización, pero no como estado espiritual, 
heredero legítimo del burguesismo o demo- 
Überalismo. Ahora bien, mientras no se es- 
tabilice un orden que rompa la lógica de la 
historia en el proceso descendente que vivi- 
mos, el comunismo puede organizarse, esta- 
blecer un foco central en cualquier parte 
del globo y dominar el mundo. Y un avan- 
ce ruso sobre Europa, desquiciada y desga- 
rrada, puede ser una magnífica ocasión para 
ello. 


44 



Este punto de vista, como se ve, dista del 
de los que solidarizan la política rusa actual 
con la de Alemania y del de los que piensan 
que .el poderío ruso no merece tenerse en 
cuenta. Rusia, creemos, quiere el fracaso de 
la política deí Eje y quiere también el debi- 
litamiento de Inglaterra. Su poderío es gran- 
de, aunque no pueda medirse ni con el Eje, 
ni con Japón. Pero en el caso de un grave 
debilitamiento de Inglaterra y del Eje, puede 
avanzar hacia Europa, imponiendo una con- 
figuración económico-política francamente 
comunista, como lo demuestra su acción en 
los países recientemente anexados. 

Observemos de paso que los judíos fraca- 
sados en su tarea de imponer el comunismo 
por la Tercera Internacional han hecho cau- 
sa común con la política inglesa. No podía 
ser d-e otra manera. 

Es innecesario destacar la importancia 
enorme que la expulsión de los judíos del 
gobierno de los pueblos significa para la re- 
construcción de la cristiandad. 

Para quien conozca la mano judia en todo 
el proceso de demolición de la sociedad cris- 
tiana, como hemos expuesto en El Judío , se 
le hará fácil comprenderla. 

Hechas estas salvedades, consideramos es- 


45 


Imaginarse que Alemania pueda triunfar 
en este su intento y con ello devolver la paz 
a los pueblos significaría dar un desmentido 
a las previsoras palabras de Pío XII: 

"Pero dejemos el pasado y volvamos los 
ojos hacia ese porvenir que. según las pro- 
mesas de los poderosos de este mundo : una 
vez que cesen los sangrientos encuentros de 
hoy, consistirá en una nueva organización 
fundada en la justicia y en la prosperidad. 
¿Será ese porvenir en verdad diverso, y so- 
bre todo será mejor? Cuando termine esta 
guerra feroz , ¿los tratados de paz, el nuevo 
orden internacional estarán animados de la 
justicia y de la equidad hacia iodos , de aquel 
espíritu que libra y pacifica, o serán por el 
contrario una lamentable re petición de erro- 
res antiguos y recientes ? Fundar la espe- 
ranza de "un cambio decisivo exclusivamente 
en el encuentro guerrero y en su desenlace 
final, es vano, y la experiencia nos lo de- 
muestra. La hora de la victoria es una hora 
del triunfo externo para quien tiene la for- 
tuna de conseguirla; pero es al mismo tiempo 
la hora de la tentación, en la que el ángel de 
la justicia lucha con el demonio de la vio- 
lencia ; el corazón del vencedor se endurece 
con demasiada facilidad ; y la moderación y 

ÍS 


la comprensiva prudencia Je parecen debí - 
didad; el hervor de las pasiones populares , 
atizado por los sacrificios y sufrimientos 
soportados, muchas veces anubla la vista aun 
a los responsables y les hace descuidar la 
amonestadora voz de la humanidad y de la 
equidad, vencida o extinguida por el inhu- 
mano'. ¡ay de los vencidos ! Las resoluciones 
y las decisiones tomadas en tales condiciones, 
correrían peligro de no ser sino injusticia 
bajo capa de justicia”. 

■ ¿Triunfa entonces Inglaterra? Triunfa 
sí, en el propósito de hacer quebrar el na- 
zismo, que es como una coraza de orgullo e 
insolencia que tiene aprisionada a la noble 
nación alemana. 

Si Alemania sucumbe e Inglaterra pierde 
el señorío del mundo ¿no se cernerá sobre el 
mundo un peligro aún más grave, de que 
Rusia, la del paneslavismo y del pan comu- 
nismo, avance sobre el corazón de Europa? 
Sin duda, esto es más que probable. Pero 
¿entonces, no quedará entregado el mundo 
a k barbarie moscovita, sucumbiendo defi- 
nitivamente toda posibilidad de Cristiandad? 

Sm entrar a particularidades, que estro no 
está en la inteligencia del hombre prever, 
creo que la actual lucha trabada entre In~ 


49 






El núcleo de la Cristiandad 



- fí* 

■-M 


f Si la Cristiandad ha de surgir, ello h a de 
ser por una acción positiva del dinamismo 
divino de la misma Iglesia que ha de alcan- 
zar a las almas, a ja familia, a los grupos so- 
ciales v ha de culminar finalmente en la vida 
, pública y política de las naciones. Esta ac- 
ción, reconstructiva del orden cristiano, 
viene obrando desde los días amargos del 
pontificado de Pió IX y lleva, día a día, un 
ritmo ascendente, a través de los pontifica- 
dos de León XIII, el Doctor de la nueva Cris- 
tiandad, de Pío X, el Pontífice Santificador 
de la misma y de Pío XI, su Pastor, quien 
con. el movimiento de la Acción Católica 
ha dado cima a esta acción restauradora. 
Pero mientras la nación no sea cristiana, por. 
mucho que se trabaje en el apostolado cató- 
lico, no se habrá logrado nada en la tarea de 
forjar la Cristiandad. Es decir, aue la Cris- 

X ■* 

• tíandad sólo comienza Cuando la vida cris- 
tiana es tal que pasando de la acción indi- 
vidual y de la acción social alcanza a influir 
en la vida política de la nación, o sea en la 
. marcha de la nación como tal. 

• -Es necesario entonces, que las mismas'na- 
dones se cristianicen. Cuando esto haya co- 

52 


menzado, la Cristiandad también estará co- 
menzando a formarse. Y felizmente creemos 
que esto ha comenzado. Y ha comenzado 
por donde debía comenzar. Para demostrar- 
lo expondremos una tesis que puede parecer 
peregrina pero que es sin duda de extraor- 
dinaria luminosidad histórica. Se refiere ella 
al núcleo esencial de la Cristiandad o sea a 
aquellas naciones que si son cristianas en su 
vid?, misma de nación y se someten al impe- 
no de Cristo, la Cristiandad estará inicial-" 
mente forjada y sólo será cuestión de breve 
tiempo para que se dilate de un confín al 
otro de la tierra; pero mientras, una u otra, 
no quieran someterse o rivalicen entre sí 
neciamente, en disputas de supremacías, la 
Cristiandad es imposible. Nos referimos a 
España y Francia. 

De la hipótesis que aquí expongo se des- 
prende claramente que el genio de Francia 
v el de España no se oponen sino que se 
complementan, como en el orden natu- 
ral lo femenino no se opone a lo masculino 
sino, que lo completa y como en la teo- 
logía católica no hay oposición entre las 
diversas virtudes sino al contrario común 
destino. Y así como tres son las virtudes 
teologales, Fe, Esperanza y Caridad, sin las 



- ««r» %Lztn>ztíl *3*5 a a 


53 



dilecto que Juan, así' en el orden de la Cris- 
tiandad, nada más grande, por la compene- 
tración de la vida cristiana, que Francia 
cuando se entrega a Jesucristo y ninguna 
nación tampoco más predilecta de la Iglesia 
que la nobilísima nación de los franceses 
(León XIII) . 

Y así como en la candad culmina el pro- 
ceso de la vida cristiana que se Inicia con la 
re, en Francia ha culminado históricamente 
la Cristiandad. Porque ha de quedar siempre 
como la cima de la historia cristiana aquella 
noche simbólica de la navidad del año 800, 
en que el gran Papa León III puso, por vez 
primera, sobre la frente de un monarca la 
corona imperial. Era eí reconocimiento pú- 
blico y solemne de la supremacía de la Rea- 
leza de Cristo sobre todos los poderes de la 
tierra. Y este monarca era Cari omagno, 
quien encabeza sus famosas capitulares con la 
inscripción oficial: Carlos, por la gracia de 
Dios, soberano del reino de los Francos , de- 
fensor y auxilio de la Sania Iglesia en todas 
sus necesidades . En Francia culminaba en- 
tonces la Cristiandad, como siglos después 
con la monarquía perfecta de Luis, el Santo, 
había de culminar el tipo perfecto de régi- 
men temporal cristiano. En Francia llegan 



56 


a la- plenitud las realizaciones del cristianis- 
mo porque la caridad de la cual es símbolo^ 
es verdaderamente su plenitud. 


España y Francia 


A España y Francia Ies cabe una voca- 
ción especial ísirna en el concierto de las na- 
ciones cristianas. Xo sólo por lo que llevamos 
dicho sino también porque son ellas dos las 
únicas que aún como unidades políticas fue- 
ron forjadas por la Iglesia. 

De España es un hecho reconocido que el 
cristianismo llevado por 3a voz impetuosa 
de Santiago y de Pablo, propagado por el 
fuego de los siete varones apostólicos, Tor- 
cuato, Cecilio, Eufrasio, Indalecio, Tesi- 
íonte, Hesiquio y Segundo, fecundado por 
.a sangre de los mártires, tan magnífica- 
mente cantados por Prudencio, impregnó 
primero el suelo español, forjó después un 
pueblo uno y constituyó finalmente la uni- 
dad del estado español, cuando Recaredo (y 
su pueblo), el 8 de mayo del año 5 89, en la 
ciudad de Toledo, abjuró la herejía arríana 
y entró en el seno de la Iglesia, en presencia 
del eran san Leandro. 





Y la Cristiandad que con el bautismo del 
rey de los francos se iniciaba en la historia 
iba a sellar su plena realización cuando otro 
rey de los francos, el gran Carlomagno, era 
coronado como emperador romano por el 
Papa León III. 

La Iglesia, en documentos públicos, ha 
expresado su testimonio de singular recono- 
cimiento a ios grandes servicios prestados 
por Francia a la Cristiandad. Y así León 
XIII, en Nobilissima Gallorum gens del 8 
de febrero de 1884, se expresa de esta suerte: 

La nobilísima nación de los franceses por 
las hazañas cumplidas en la paz y en la gue- 
rra se ha hecho acreedora ante la Iglesia de 
méritos y títulos de un reconocimiento in- 
mortal y de una gloria que no se extinguirá. 
Abrazando en buena hora el cristianismo 
bajo la conducción de su rey Clodoveo tuvo 
el honor de ser llamada Hija primogénita de 
la Iglesia, testimonio y recompensa al mismo 
tiempo de su fe y de su piedad. Desde aquel 
tiempo y vuestros mayores , venerables her- 
manúSy han sido como los colaboradores de 
la divina Providencia en grandes y saludables 
empresas. Pero sobre todo han señalado su 
virtud ■defendiendo por todas partes el nom- 
bre católico , propagando la fe católica entre 


las naciones bárbaras, librando y protegien- 
do los santos lugares de Palestina, de modo 
que muy justamente se ha hecho proverbial 
aquel dicho de los tiempos viejos: gesta DEI 
PER FRANCOS. 

Más reciente testimonio es el magnífico 
discurso del entonces Eminentísimo Carde- 
nal Pacellí, hoy S. S. Pío XII, en Notre 
Dame de París , que más que una evocación 
parece un prenuncio de la misión levanta- 
dísima que todavía le está reservada a Fran- 
cia en un porvenir próximo: "Porque aquí 
— decía el Cardenal — es el alma misma 
de F rancia, el alma de la hija primogénita de 
la Iglesia la que habla a sus almas. Alma de 
la Francia de hoy que viene a decir sus aspi- 
raciones, sus angustias y su oración : alma de 
la Francia de otro tiempo, que remontando 
de las profundidades de un pasado catorce 
veces secular, que evocando las Gesta Dei 
per Francos , entre las pruebas lo mismo que 
entre los triunfos, suena en las horas críticas 
como un canto de noble fiereza y de imper- 
turbable esperanza. Voz de Clodoveo v de 
Clotilde, voz de Carlomagno, voz de san 
Luis sobre todo en esta isla en la que parece 
vivir todavía, y que ha adornado en la Santa 
Capilla, con la más gloriosa y santa de las 




61 



brillar a lo lejos: be aquí por que han per- 
dido su rango, be aquí por qué durante si- 
glos están abajo y no en lo alto de la escala 
política. Et jacú suvins subíer, et non 
supra: quia peccavimus Domino Deo nos- 
i ro , non abaudiendo voci ipsius 1 . 

Largo sería referir los pecados de Fran- 
cia. Baste enumerar los más graves. Peca 
Francia contra la Cristiandad con Felipe el 
Hermoso, en vísperas del Renacimiento; 
peca con Francisco í, durante la Reforma, y 
se alia con los Turcos en contra de Car- 
los V, emperador cristiano; peca con la po- 
lítica ''nacionalista” de Richelieu, quien 
hiere de muerte a la Cristiandad, asestán- 
dole un golpe en momento crítico, al com- 
batir la causa de los Ausburgos de España 
y de Austria, que entonces la representaban; 
peca con los impíos factores de la Revolu- 
ción Francesa que entronizaron los Derechos 
del Hombre pisoteando los de Dios; peca 
con el sacrilego Bon aparte, que atropella la 
ciudad del Vicario de Cristo; peca con el 
fanfarrón de Napoleón III, quien entrega 

1. Estos son concepeos transcriptos, casi al pie de la 
letra, de La obra, ya cireda. del famoso «iáenal Pie, ¡ns- 
trúdion pavorde sur les rr?albeu rs ccíveds de la F sanee, 
Caréme, 1S71. 



Roma y los Estados Pontificios a la pirate- 
ría italiana, recibiendo en paga Niza y 
Sabova; peca, finalmente, con los impíos 
políticos de la Tercera República, quienes 
colman la medida de sus innumerables crí- 
menes, prohijando Ja causa de los comunis- 
tas que quieren aniquilar a España. 

Pero estos pecados al provocar la deca- 
dencia ae Francia y de la Cristiandad son 
causa del engrandecimiento de Jas naciones 
anticristianas, ñ' así Inglaterra, la herética 
y mercantil, esta a la cabeza del mundo 
desde hace más de un siglo. Y hoy son Pru- 
sia, Rusia e Italia, las que disputan a Ingla- 
terra la supremacía del mundo. España y 
Francia van a remolque de uno u otro 
bando. 

Inmensamente doloroso y vergonzoso 
para Francia, el reino cristianísimo, ha de 
ser que el poderío de las naciones anticris- 
.tknas haya sido alcanzado a expensas de la 
Cristiandad que debió tutelar y extender. 

No nos detendremos a examinar las cau- 
sas. que han determinado la grandeza carnal 
de Inglaterra y la culpa que de ello le cabe 
a Francia y España. Pero es lógico pensar 
que si Francia, en lugar de perturbar con 
sus apetitos y con sus ideologías la vida del 


a 








Alfocutio Ciernen tis XI, 18 apnlis 1701). 

Hace observar enseguida el Santo Padre, 
cuán injurioso es a la Silla Apostólica este 
hecho , cuín contrario a los Sagrados Cá- 
nones y en virtud de ¡os cítales más bien el 
príncipe herético debe ser destituido de sus 
antiguas dignidades que ser honrado con 
nuevas . 

Añade después que para satisfacer eJ de- 
ber de su cargo, ha denunciado a todos los 
príncipes católicos, este atentado religioso, 
previniéndoles de no ratificar de ningún 
modo el título usurpado por dicho Mar- 
qués y de no permitir que la venerable y 
sagrada dignidad de los reyes, que debe ser 
mirada como un beneficio singular de Dios 
y que debe servir para sostén y ornamento 
de la verdadera religión, veng 2 a desviarse 
y a colocarse para su detrimento sobre la 
cabeza de un príncipe no católico. 

La historia ha revelado la gran perspica- 
cia de Clemente XI, porque desde entonces 
hasta hoy Prusía ha hecho sentir cada vez 
con más fuerza su influencia en Alemania y 
en Europa con grave detrimento de la Cris- 
tiandad. Digamos más: constituyendo así 
la tragedia de la Cristiandad. 

Porque si en la Cristiandad Roma es el 


6S 


alma, si. España es como brazo fuerte (fue 
detiene a los enemigos y difunde por el le- 
jano occidente los beneficios de la fe, si 
Francia es el logas , la palabra llena de 2mor, 
Alemania es la voluntad, la acción, el brazo 
secular, la espada al servicio de la Santa 
Iglesia. Alemania ocupó una misión levan- 
tada en la Cristiandad que supo llenar con 
la gloria de Otón el grande y de san Enri- 
que. Verdad es que el orgullo carnal de un 
Federico Barbarroja y de un Enrique IV 
quebrantaron grandemente la seguridad de 
un imperio ya quebradizo, que no supo 
comprender nunca la distinción de los dos 
poderes con la primacía de lo espiritual; 
pero el pueblo alemán con una abundancia 
casi inagotable de grandes personalidades 
trabajaba en todos los sectores de la activi- 
dad humana con un admirable amor a la 
Cristiandad en cuya cúspide se encontraba, 
-v ' Como alemanes bajo el emperador y el 
Imperio, se sentían distintos de las demás 
naciones; pero bajo el señorío y protección 
de la Iglesia universal, la conciencia de esta 
diversidad, no producía una hostilidad na- 
cionalista y mucho menos una enemistad 
hereditaria, sino simplemente, una viva 
emulación espiritual con los demás pue- 


69 


tan sus manos suplicantes a Alemania; la 
propia providencia y el plan divino del 
universo conjuran a Alemania para que 
salve su honor v su existencia... En vos- 
otros, oh alemanes, está el germen de la per- 
fección humana y la esperanza de todo 
progreso. Sí faltáis a vuestra vocación, si 
perecéis, morirá con vosotros y para todo ei 
género humano hasta la sombra de espe- 
ranza de salvarse del abismo de su corrup- 
ción... Por consiguiente, no hay lugar a 
dudas: si perecéis, toda la humanidad pere- 
cerá sin esperanzas de levantarse nunca” 
(Discurso 14). 

Estos delirios, por vez primera tan audaz- 
mente expresados, no abandonarán ya los 
cerebros de casi medía Alemania, con P rusia 
a la cabeza. Y Alemania delirante iniciará- 
entonces su unificación política y cultural 
bajo la hegemonía del espíritu y del regi- 
na en prusiano. Bismarck, ei canciller de 
hierro, trabajará en. el sentido de estos pla- 
nes hasta vencer a Austria en Sadowa, a 
Francia en Sedán y ser vencido por Roma 
en el fracasado Kulturkampf. Todo 1c no 
germánico debía ser aniquilado. Austria 
por representar la Alemania bajo la in- 
fluencia cristiana, Francia como encarna- 


72 


ción de la cultura extranjera y los católicos 
por su dependencia de Roma”. 

Prusia entonces era definitivamente la 
conductora' de la Gran Alemania. Y Euro- 
pa, cuyo foco espiritual había sido Roma, 
sentía ya que aquel Federico, Marqués de 
Eran de burgo, iba a tomar las riendas del 
mundo. 

¿Quién tenía la culpa de ello? Francia, 
la nación cristianísima, creadora con Car- 
la magno del Sacro Imperio Romano, la lla- 
mada a las hazañas para la grandeza de la 
Cristiandad, que desde hacía varios siglos, 
olvidada de su destino, venía trabajando en 
'pequeña política nacionalista”, de la que 
Rl chelieu fue gran maestro, como lo ha de- 
mostrado admirablemente Hilaire Belioc. 
Y esta culpa de Francia no podia quedar 
impune. Los hechos más recientes han ve- 
nido a comprobar la exactitud de lo que yo 
escribía en Criterio el 8 de marzo de 1938: 

"Pero en su propio pecado tiene y ha de 
tener sobre todo Francia su propio castigo. 
El pecado que cometió Felipe el Hermoso 
contra el Gran Bonifacio VIII; el pecado 
que cometió Richelieu al valerse del pro- 
testantismo naciente para aniquilar el po- 
derío de la Cristiandad, representada por 


73 




• ■> ■ ■'<■■■ *** 


tíficamente prusiano. Ha surgido de mu- 
cho más abajo. Tiene un carácter popular, 
proletario, Que es todo lo contrario del es- 
píritu prusiano, espíritu jerárquico, y mo- 
nárquico, de clase y de casta I? (Gonzague 
de Reynold, ¿De dónde viene Alemania ?) . 

Pero precisamente el valor del hitlerismo 
y su gravedad estriba en la medida en que 
prescindiendo de moldes prusianos ha reali- 
zado el gran sueño prusiano. Porque si ha 
arraigado en todas las provincias alemanas, 
y en todas las capas sociales, aun las popula- 
res, con un método de organización y una 
tenacidad prusiana y con un programa en lo 
esencial también prusiano, es a saber, la con- 
quista de la unidad monástica alemana para 
la conquista y dominación del mundo, lo ha 
conseguido en la medida en que ha sabido 
prescindir del espíritu de casta de la dinas- 
tía prusiana. El hitlerismo ha comprendido 
y por ello ha triunfado, que la causa alema- 
na debía prevalecer sobre los intereses de los 
Hohenzollern y que sólo podría triunfar el 
gran Reich cuando aquéllos, como semilla 
que sólo es fecunda cuando muere, desapa- 
recieran. Porque así como el fracaso de los 
Hohenzollern obedecía a que subordinaban 
a su causa la causa de Alemania, así el éxito 

76 




‘ del hitlerismo se debió a que en beneficio de 
ésta rué aquélla sacrificada. 

Por esto en el hitlerismo lo prusiano ha 
alcanzado categoría alemana. 

Mirando los acontecimientos históricos 
con visión profunda que llegue hasta su 
raíz, visión suprapoíítica que sólo un modo 
teológico puede proporcionar, el hitlerismo 
representa en Alemania, y por io mismo en 
Europa y en el mundo, el último y defini- 
tivo esfuerzo de Satanás por afirmarse en 
los pueblos paganos antes de ser definitiva- 
mente desalojado. En. Los tres pueblos bí- :> 
blicos hemos indicado los principios de esta 
tesis que ahora puede ser comprendida 
mejor. 

Prusia, el único rincón de Europa que 
no ha sido evangelizado y que por lo tanto 
no ha podido apostatar de la fe cristiana, — 
único refugio pagano a través de veinte si- 
glos cristianos — , logra con el hitlerismo la 
dominación de Alemania y de Europa, y 
amenaza con la dominación mundial. Es 
el esfuerzo del diablo contra ía predicación 
universal del Evangelio que está a punto de 
verificarse, según aquella palabra de Cristo: 

Y será predicado este Evangelio del reino 
por todo el mundo, en testimonio a todas 

77 



mereció el titulo de Defensor Fidei que 
aún ostentan en su escudo los soberanos 
británicos. 

La misión de Inglaterra en la historia 
debió ser la evangelización y defensa de la 
Cristiandad, sobre todo frente a los desva- 
rios germánicos. De aquí que pueda inter- 
pretarse como un juego de Dios, que se 
burla de las necedades de los hombres, el 
que Inglaterra, puesta ahora en trance su- 
premo por la rivalidad de su pupilo cristia- 
no, después de haber estado entregada du- 
rante. años a una insaciable piratería, se 
sienta baluarte de la civilización cristiana 
amenazada por el hitlerismo. 

En el juego divino del gobierno de las 
naciones, pudiera ser que lo fuera. Porque 
así como el hitlerismo trabaja para la Cris- 
tiandad cuando derriba todo un munao 
anticristiano, burgués, liberal, mercantil y 
capitalista, cuyo eje es Inglaterra; asi tam- 
bién Inglaterra puede trabajar a pesar suyo, 
para el mismo fin, cuando constituye, en 
la lucha contra el temible poderío germá- 
nico — forjado a espaldas de la Cristian- 
dad — el obstáculo contra el cual éste se 
deshace. 

80 




-I CV^-V ' <' 




. Porque Dios está dando su respuesta a 
las naciones que se han embravecido contra 
Cristo y su Iglesia; 


La PURIFICACIÓN' DE ESPAÑA Y FRANCIA 

Sea ello como fuere, lo que consuela 
grandemente los corazones cristianos es el 
espectáculo de que en el momento culmi- 
nante del poderío de las naciones anticris- 
tianas y cuando ellas se encuentran, trabadas 
en lucha totalitaria, las naciones cristianas, 
pecadoras, son sometidas a purificación por 
los pueblos que ellos, en sus extravíos, le- 
vantaron. Ó asi se cumple aquel modo ma- 
ravilloso con que obra la providencia en el 
gobierno de los pecadores, según el libro de 
la Sabiduría (XI, 17 ) que las cosas en que i 
uno peca , por las mismas es también aíor - \ 
mentado - i 

España ha comenzado su doloroso cami- 
no ae purificación con la espantosa guerra 
que, como he indicado en diversas 
oportunidades, señala el primer paso en el 
L.amjno de la Restauración de la Cristian- 
dad, España, bajo el Caudillo, comienza a 
ser cristiana. No significa esto, como algu- 






v-i - - VI'' " " 




pueblo de .. Europa no sometido aún a Je-, 
su cristo. San Juan Bcsco resume así un sue- 
ño profetice que tuvo sobre el triunfo de: 
la ígl esía: 'Vendrá una revolución. Habrá 
apostadas en los doctos y en los ignorantes.. 
La Pmsia se convertirá. Oran victoria de. 
la Iglesia. Gran triunfo del Papa. (Memo- 
rias Biográficas deí venerable don Basco, 
tomo IX. pág. S28). 

Después de estos tres grandes pueblos, 
una a una, irán entrando las naciones en la 
' Cristiandad. El dolor purificará los hom- 
: .p i : , i ■ _ _yendo en el] s todo 
lo que no es salvable y haciendo brillar 
, todos los vJores cristianiza- le.. 

En el dolor de la peste descubrirá el 
ho~c“e el valor de ‘a p-opr' substancia, 
subordinando los egoísmos individuales al 
ukü s^grav-o us Es hips, qu co r 

educados por tercero unqu _, 1 E" 
sino p'U sus ^.n u d^ri** 

hambre, sufrido por una sociedad que con- 
fió la providencia de la vida a una organi- 
zación raercantilista, le descubrirá el valor 
de T trabajo y del trabajo de ri tierra, que s 
ma ie t vx s Ms bienes; y en ti ^ Dr Q 
la guerra, que destruye rodos los rizos hu- 
manos, E d scubrirá el gran valor d~ * 


d -m y - 
• • 

V' 

V*jr»T. r 


' ■ v- - i 
ÑA 


'rz& : 


~ m -j: rr>.T« ■ ^ _ 



dm\vy:ó 

r~'?*sLA a 


propia patria,- en cuyas aras deben sacrifi- 
carse todos los otros intereses secundarios. 
Ú como no 'hay familia, m trabajo, ni 
patria donde no está Dios, el hombre des- 
cubrirá con. todas las fuerzas de su ser a 
Dios que se ha hecho hombre. 

'■ Así se reconstituirán las naciones en sus 
..fronteras propias "y con sus propios des- 
pinos. 

Pero para que haya paz será menester 
glgo más, esto es, el reconocimiento de un 
bien supr anacional, aún en el orden tem- 
po T . P que ati como las familias y gru- 
pos particulares han de subordinar todos sus 
intereses ti b’en mis alto e la nación, así 
éstas, una vez., tvnstituída c u ni I, 
deben, subordinarse al bien espiritual de la 
Iglesia de Cristo y aú__ a_ bi t rnp r 
suprauacicual. P_r ,u „ .... r tibu ti „v, 

surge un "Nuevo Carlomag ti'’ qu ema- 
nando el orden de las naciones promueva 
él bienestar universal temporal y ponga su 
espada al servicio del Jerarca de Cristo. 


-M 








El orgullo ha dividido las razas con la di- 
versidad de las lenguas; es menester que la 
caridad las vuelva a unir. Procedentes de • 
un mismo hombre, unidos por ei origen, el 
orden natural pide que todas las ' naciones - 
vivan unidas por la fe y la caridad: Uno 
es el poseedor del universo, y las cosas po- 
seídas deben también congregarse en la 
unidad”. 

Y hoy, el Vicario de Cristo, felizmente 
reinante S. S. Pío XII, sobre un mundo, des-- ' 
garra do por Ja guerra, se levanta como he- ■ 
raido de paz y recuerda las condiciones de • 
esta unidad. 

Enseñados precisamente por el • doloroso ■ 
- fracaso de los expedientes humanos para ale - •• 
jar las tempestades que amenazan arrollar la - 
civilización en su torbellino, muchos dirigen ■■■ 
su mirada con renovada esperanza a la 
Iglesia y roca de verdad y de amor, a esta 
Cátedra de Pedro, que saben ellos puede - 
devolver al género humano aquella unidad 
de doctrina religiosa y de código moral que 
en otros tiempos dió consistencia a las re- 
laciones pacíficas entre los pueblos. 

’ rr Unidad a la que miran con ojos de nos- 
tálgica añoranza tantos hombres respon- 
sables de la suerte de las naciones, que ex- 








perhnentan diariamente cuán vanos son los 
medros en que un día cifraran su confian- 
za; unidad que ansian multitudes tan nu- 
merosas de nuestros hijos que invocan dia- 
riamente al Dios de paz y de amor; uni- 
dad que anhelan tantos- espíritus nobles, 
alejados de nosotros, que en su hambre y 
sed de justicia vuelven sus ojos a la Sede 
. de Pedro esperando guía y consejo 

Quizá pronto, después que los pueblos 
, sean, amansados con infinitas tribulaciones, 
se vuelvan los príncipes de este mundo a 
Ped ro, Vicario de Jesucristo y, en nombre 
de sus pueblos, le digan: ¡Señor, dadnos la 
paz! Dadnos el .reino de Cristo, a reino de 
verdad y de vida, reino de santidad y de 
gracia; reino de justicia, de amor y de- paz . 
Dadnos el imperio cristiano. 

Dos imperios cristianos, o mejor, dos es- 
bozos de cristiandad ha conocido la historia: 
la bizantina de Constantino y la romano- 
: germánica de Carlomagno. Ambas, imper- 
. fectas, han desaparecido y, en cierto sen- 
tido, han fracasado. Han fracasado por- 
que, en la práctica, han desconocido el 
gran misterio de Encarnación, o sea de Je- 
’ sucristo, Dios, hecho hombre, del rr único 
y ei mismo Cristo, Hijo unigénito de Dios , 




88 




Este hhro, 

se acabó de imprimir 
en Buenos Aires, 
en casa de 

Francisco A. C o lomba, 
el día 2jde noviembre 
de